20080426

Natalia Flores, 33 años, Bachiller en Ciencias Sociales


"Trato de hacer memoria para ver si sentía culpa y no"

Por Verónica Torres

Aborté en el norte, cuando tenía 23 años. Estudiaba derecho y con el Negro, mi pareja, éramos compañeros de la U. Llevábamos cuatro años juntos y siempre fuimos responsables: no queríamos tener hijos. Jamás lo habíamos conversado. Ni siquiera en la romántica “de cómo será, con tus ojos, con mi pelo”. Pero tuvimos un accidente con el condón y yo dije “aquí algo pasó” porque cuando terminamos quedé sudada, pero nerviosa. Pasaron como dos semanas y no me llegó la menstruación. Yo venía llegando de vacaciones así que pensé que podía ser el viaje, el cambio de clima, pero después dije “está huea no puede ser”. Estaba súper perseguida. Sentía que todo el mundo sabía que estaba embarazada. Incluso, en la farmacia cuando pedí el test de embarazo miraba para todos lados hasta que lo guardé en la mochila y me fui a la pensión rogando que saliera negativo. Pero fue al revés y yo sabía que tenía que hacerme un aborto.



Con el Negro estábamos pasando por una crisis, él ya tenía un hijo y yo era entera chica: quería terminar mi carrera y más encima mi familia estaba trabajando para que yo pudiera estudiar lejos de Santiago. Entonces, era como “allá se va a estudiar y no a hacer guaguas”. A pesar de ser progresistas, mi familia es una familia tradicional de izquierda donde no se habla de sexo y los temas privados son privados. Había toda una carga de por medio, y yo sentía que si seguía con el embarazo iba a fallarles. Por suerte, una amiga, que se había hecho recién un aborto, me dio los datos de su doctor: cobraba 250 lucas y yo vivía con 10 lucas mensuales para comprarme los códigos y fotocopias. Como me faltaba plata, llamé a mi prima y a dos amigas a Santiago. Mi prima no hizo preguntas y se consiguió 40 lucas. Mi otro amiga me preguntó si era para la U y cuando le dije “no” cachó al tiro, pero mi mejor amiga que es ultra católica cuando le conté que estaba embarazada me dijo: “¿pa’ que necesitai plata?” y después dijo “ah, necesitai plata”. Todo esto lo hice antes de ir a almorzar con mi pololo para contarle lo que estaba pasando. Él tampoco tuvo dudas y se consiguió el resto de la plata. Después nos fuimos a la playa a un carrete de la universidad y lo pasamos chancho. Yo miró para atrás y trató de hacer memoria para ver si sentía culpa y no. Tenía súper claro que en dos semanas iba al médico y se solucionaba el tema. Mi pololo me acompañó a la consulta. Igual estaba asustada por lo que podía pasar, pero me pusieron anestesia y dormí mucho y cuando desperté estaba todo listo. El médico y la enfermera me trataron súper bien. Incluso, después tuve tres controles post aborto. Me dieron lo que pagué y en ese sentido fui privilegiada. Pasé un día en cama regaloneando con mi pololo y mis amigos. Comimos cosas ricas y hasta hicimos chistes de la situación. Me acuerdo que una amiga me llevó de regalo un paquete de toallas higiénicas. Nos reímos harto, queríamos desatanizar el tema, sacarle esa carga cultural mala, de muerte. Pero cuando volví a la universidad y mis otros compañeros me preguntaban “¿Nata, donde estuviste el martes pasado?” mis amigos se ponían nerviosos y decían que había estado en veinte lugares distintos: estudiando en la casa de alguien, en el mall. Ahí empezó la carga cultural a operar encima de nosotros. Por eso, creo que al aborto no lo hicimos en la consulta sino que cuando salimos de la pieza y volvimos a la universidad. Ahí recién empezamos a abortar. Con mi pareja nunca más pudimos hablar del tema. Años más tarde, él me dijo que sintió que había fallado como hombre al no protegerme, al no haber formado una familia conmigo, al no haberse hecho cargo del condoro. Pero yo le dije “Negro, tu no querías tener un hijo en ese momento” Él generó la culpa, no yo y eso que siempre nos dicen que el síndrome post aborto viene de la mujer porque “yo maté”. Pero al final te das cuenta que es una huea que viene de afuera. Si, incluso, cada vez que quería volver a hacer tallas sobre lo que había pasado no era posible. Mi aborto no se hablaba, no existió. Ni siquiera mi familia lo supo. Se van a enterar ahora. Por eso, es tan fuerte decirlo. Porque además para la gente ya no eres la Natalia Flores que va caminando por la calle, eres la mina que abortó. Está sociedad es súper hipócrita. Si en este país antes las viejas hablaban del “remedio”. Tomaban “borraja” que es un hierba que en lo recetarios dice “para hacer bajar las sangres”. Por eso, creo que decidirse a hablar de aborto es asumir nuestra historia y nuestra identidad por nosotros mismos y no por un grupo político poderoso que nos ha vendido que somos un país conservador, que no queremos píldora del día después, que no queremos mujeres en espacios de poder. Ahora esa frase de los ochenta “somos muchos más” cobra carne y desde ya creo que hay que darle gracias a la UDI. Porque llevábamos años tratando de demostrar qué es lo que quieren los espacios conservadores, políticos y religiosos de este país y nos hicieron la pega fácil.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Para eso esta la abstinencia y si lo haces c responsables d tus actos no mates a una criatura q nisiquiera tiene la culpa ubieses pensado todo eso antes d hacerlo.